sábado, 29 de octubre de 2011


Hoy he pasado por varios lugares donde en cada uno de ellos tu estabas, la noche me devolvía el eco de mis pasos sobre el vacío de una ciudad. Te vi, acercándote con esa pose que hacia que todo mi cuerpo temblara, nos vimos tumbados en el césped, imaginando tocar las estrellas con los dedos, y después, levantarnos corriendo porque se nos hacia tarde. Aquel montículo de hierba donde decapitabas mis labios con tus besos, y yo reía juguetona porque los sentía enmohecidos. Nos vimos jugando a ser niños, yo encima de tus pies, bailando una canción que no sonaba en ninguna parte, salvo en nuestro susurro. Tu voz pronunciando mi nombre, hasta que nos lo supimos de memoria, mordisqueaba las silabas de tu apellido, porque era lo que más aprendí de tu DNI. Nos vimos balanceándonos en esos columpios de rueda, vitoreaba el cielo, las palomas, nuestro pelo, todo daba vueltas y no sentíamos miedo. Sentí el peso del tiempo en la mandíbula, algo apretaba mi lengua, la garganta, y no era nerviosismo, tal vez era ese estúpido temblor que trae la incertidumbre. Nos vimos siendo caballos, libres, como el viento, ignorando las reliquias que dejamos en la mesita. Me vi enamorada de ti, cada hueso de mi cuerpo era una masa endeble que caía en lava sobre tu agenda de lunes a viernes. Y esperaba a que sonará el teléfono, una y otra vez, hasta que terminó siendo mi pasatiempo. Y mientras caminaba sobre el silencio, sobre esa soledad que bailaba en los árboles, rememoré esos pequeños trazos que la vida me dio cuando tenia doce años, catorce, como los números pares. El instituto parecía un simple edificio vestido de viejo, los ladrillos más amarillos que antes, como láminas de pergamino. Parece mentira que fuera a través de esas ventanas donde yo imaginaba un mundo, y donde descubrí mi verdadera vocación, plasmar palabras. Por aquel entonces tu estabas muy lejos, y no pensé encontrarte nunca, porque dicen que las chicas buenas sufren más y el amor les viene más tarde. Empapaba los recreos con miradas hacia una camiseta negra, creía que era él, que siempre seria él, pero me equivoqué, cuando eres joven te equivocas tantas veces...

Decían que nunca llegarías, y para empatarles con esa mentira, fijé mis ojos en más camisetas, azul, verde, gris a cuadros...pero siempre estaba la negra, en todas partes, burlándose de mi ignorancia y búsquedas, en los pasillos, en las mesas pintadas con rotulador, con lápiz, nombres que rajaban las esquinas. Cosí su nombre en cada primera hoja de todos los cuadernos que guardaba en la mochila, e incluso en el forro, y todo para que él no las viera, porque decía que nunca podría fijarse en alguien como yo. Mientras yo sentía lentamente como el amor empezaba a llamarme dentro, tu estabas en otro país, con otra historia, haciéndote hombre, y el destino te llevó a mi, eso es una de las cosas que pienso cuando necesito saber que sentido tiene todo esto. Hoy, en esta noche, yo me he hecho muchas preguntas, y mientras intentaba analizarlas, dejé que el crujir de mis pisadas, sabotearan las baldosas granates y blancas que me conducían a casa.  



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