martes, 28 de agosto de 2012


Podría decir que es una casa vacía, pero en realidad no lo es. Está llena de vida, de un pasado, de recuerdos que permanecen en retratos.  La lámpara que pende en el techo es la prueba de que en este saloncito redondo y estrecho hubo una vez conversaciones que hablaban sobre la vida, sobre corazones que vuelven a quedarse dormidos y despiertan cuando el ocaso alumbra en las ventanas. Podría decir lo mucho que se extraña tener a alguien aquí al lado, compartiendo esta soledad que se torna espesa, pero irremediablemente las personas estamos hechas de caminos. Hace un momento decidí dejar al silencio hablar esta noche, quería que me susurrase lo que falta, lo que yo espero de la vida y lo que ella misma espera de mi. A pesar del tiempo, los muebles siguen conservándose, y los sillones siguen esperando esos dos cuerpos que se acostumbraron a sentarse siempre en el mismo lugar. Afuera vive una ciudad, aquí dentro vive un corazón que extraña vivir. Pero no os confundáis, aquí se está bien, hay muchos rostros congelados en las estanterías, rostros que se fueron para no volver y otros que quisieron no haberse ido. Abrigo el recuerdo con mi triste sonrisa y dejo que me abrace esa maravillosa sensación que me hace ver que a pesar de todo he vivido y que aún queda tanto que ofrecer. No podemos hacer regresar lo imposible, pero sí que podemos intentar hacerlo presente. No hay lógica que explique el porqué se siente a veces uno tan apático sin una razón. Yo quisiera encender dos velas para esta noche y bajar las persianas para soñar que aquí dentro puede haber otro mundo. Desearía poder decirle a quien espero que nunca dejé de hacerlo, que a veces me siento increíblemente perdida. Pero hay algo que me acompaña siempre: el valor de mi alma.


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