domingo, 30 de septiembre de 2012




El otro día te eché de menos. Decían que éramos libélulas que se habían enamorado de los vaivenes del tiempo. Quien como yo podría guiarte en esta parte del mundo que  le diste nombre. Los diecinueve te hacen querer ser adulta pero hay algo en ti que no termina germinando. Te veo intentando explicarte a ti misma el porqué saben tan saladas las lágrimas y porque tienes tanto miedo de descolgar el teléfono para un previo aviso. Un viaje que esperas ansiada, sola. el camino hacia tu libertad. He guardado los zapatos aquellos que usabas para pisar fuerte los escalones, y que fueron tus enemigos para echar una carrera a mi lado. He dibujado con esa rama partida que descubrí en tu caja de recuerdos, una respuesta que descifre porque sentimos que somos dos filigranas que temen olvidarse pero no separarse. 

viernes, 7 de septiembre de 2012




A Luis.





Te lo debía, aquel veinte de febrero en la quinta planta. Oteábamos el paisaje en la ventana. Te debía una historia corta pero bonita y matizada en todas las cosas que deseabas. Te lo debía, arrancarle a los dientes de león las pelusas para que volasen por la ciudad y cumpliesen nuestros sueños, los tuyos, tan diferentes de los míos.


Te lo debía, regalarte una bella sonrisa en esa habitación. Cuantas cosas te debía y cuántas de ellas no pude seguir dándote. Qué de las veces que he hecho latir entre tus manos este corazón grácil que se asemeja al aleteo virgen de un pajarillo. Qué especiales y cordiales fueron los segundos que contamos para que se convirtiesen en minutos. Quien te observase y fuese lo bastante inteligente, se daría cuenta que hace mucho que te abandonó los néctares de unos labios que aun seguían sonriéndote malcriados en una foto antigua.


Yo supe conocerte ese día, el mismo que te debía tanto. Mi regalo fue la visión de la vida en las sombras que el sol dejaba en las aceras, los edificios, en nuestras manos y en el huequecito de mi nuca donde se intuye el nacimiento del cabello. Te regalé mi voz, hipnotizándote con versos tristes pero reales, y dejé que tus manos- huesudas y ligeramente velludas- intentasen encontrar consuelo en las mías.


Te lo debía, este pequeño trozo de mí, estas tardes exprimidas en un calendario fugaz y los diez pasos que doy en tu calle para mandarle un beso a tu ventana. Te debía este rezo que mando a la luna para que te la recite ella misma sobre el brillante y olvidado mausoleo que lleva tu nombre.