domingo, 16 de noviembre de 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

Melancolía





Vinieron las tristezas

 Los desajustes,

 Tormentas de promesas,

 Incansables horas de vigilia.

 El abismo de romperse,

 El silencio convertido en infierno,

 Horizontes lejanos,

Brisa atrapada en una brújula.

Una solitaria que bebe los abandonos

Pero que colecciona esperanzas.


Ignora el poder de una lágrima.

Anhela el olor de la vieja camiseta de amores tempranos,

Sus libros, las calles, los edificios,

El sol y su escondrijo.

Es un pájaro que vuela y no encuentra.








martes, 16 de septiembre de 2014

Ciclones en tu boca




Te he soñado esta noche, cuando la luna se derramaba sobre mis párpados. Te he sentido temblar encima de mi boca, para que de esa manera nunca logre olvidarte.
He vuelto a encontrarte en medio de la nada,
en este ciclón que todo se ha llevado, inundándolo todo.

Son ahora otros labios que deseo,
pero que sin embargo no conocen ese secreto.
Los sueño aunque a veces los noto lejos y tan cerca.
Ya no me dueles,
por increíble que parezca vuelvo a estar en píe,
llevo entre mis manos otro latido, otra esperanza.




La nostálgia de tu nombre


Pesan las nubes en esta tarde gris. Escruto la mirada hacia el infinito. En mis manos florecen sueños, descalzo tu recuerdo.
La ciudad descansa, hay ventanas que ocultan la vida. La mía está abierta, esta vez no cerraré las persianas.

Imagino que penetrarás en esta habitación con la ayuda del viento.
Quererte significaba destapar heridas,
pero así te quise, con tus tormentas, aflicciones, distancias y olvidos.
Un amor como el mío no lo encontrarás en la arena que se funde bajo tus pisadas.

Una tarde como está, susurraste en mis labios que siempre volverías cuando el cielo se tornase de gris, con tu abrigo de mendigo, ocultando debajo del brazo papeles llenos de poemas. Nunca los pude leer, te los llevaste contigo, dejándome huérfana de ellos.

Hoy llueve, en mis pechos duerme tu nostalgia. Ya no estás, no vives, no en esta tarde gris. Vivo con mi soledad, divorciándome de mis sentimientos.
El cielo comparte conmigo la tristeza que trae la lluvia, refugiándose en mi vientre, párpados y en el corazón.

Soledad


En la cocina se oyen las voces de mis hijos, murmurando secretos de infantes. Me dirijo a la parte trasera de la cocina, allí puedo pensar. Necesito la soledad como una vieja amiga. Abro la ventana, las cortinas de tela son espectros que acarician mi sonrisa de nostalgia. Abrigo mis brazos con mi blusa vieja, la que él me regaló en los días de antaño. Él ya no está en mi vida, se marchó. Pero tuvo el valor de decir lo que yo no pude.



Recuerdo sus huellas de hombre fuerte y engreído sobre el camino, aplastando los pies en la húmeda y blanda tierra. Su silueta desvaneciéndose a través del follaje, llevándose consigo una pesada mochila de vagas y crueles tormentas.

Todo lo que ofrecí, lo que le entregué, jamás podrá devolvérselo nadie. Una mujer que ha amado demasiado, sabe dejar huella en el corazón de un hombre. Creyó estar preparado para partir, dejándonos solitarios y ermitaños en este viejo caserón. Besó con fuerza las mejillas de nuestros dos hijos, cerró fuerte los ojos como si le hubiese entrado gotas de ácido. Después se acarició el pecho, dándoles como despedida la imagen de un padre que renunció a su corazón.



Cada día crucifico el calendario porque sé que volverá. Empiezo a convertirme en una anciana que teje con hilos de besos secos la ropa de sus hijos. Ellos saben que esta sonrisa llena de tristeza esconde un sentimiento. Van haciéndose mayores, y esta casa pronto encerrará un silencio que no sabré como afrontar. Observo los pinos que bailan con la brisa del verano, el cielo traza líneas blancas. Recuerdo los días de mi juventud.



¡Qué tanto nos quisimos! ¡Qué tanto amé la vida desde entonces!

Antes de que las lágrimas acudan a mis mejillas, froto mis sienes, obligándome a ser fuerte. Escucho las traviesas pisadas subiendo las escaleras, y siento en mi espalda, una fuerte unión de cuatro brazos que me recuerdan lo mucho que me necesitan.

Creer o no creer




A veces necesito oírte decir que me quieres, que me piensas, que nunca te irás. Creo escuchar el eco de tu nombre llamándome en la ciudad. Pero no, no es el silencio el que me persigue, es el vacío que provoca tu ausencia, es esta distancia hostil que arranca llantos de mi garganta.




Nacer para ti


No me dejes libre,

He nacido para satisfacerte,

Para atraparte, dejarte, clavarte en mis huesos,

Para mancharte de besos las sábanas.

Él


El viento ha barrido mi perfume, es otra esencia la que llevo en mi piel. Alguien me espera al final del camino, reconozco esa mirada, sabe hacerme temblar de emoción. En mí ya no existe el abandono. Brillan mis ojos, le conozco desde siempre. Se engrandece mi alma, pienso en las oportunidades, las siento palpitar dentro de mí. Sueño que él no se irá, que me esperará detrás de la luna, y se quedará viviendo en mis ojos. Que amará este cuerpo, y tatuará las palabras que no se atrevió a decir. Después miraremos al infinito, cantará muy bajito para que yo me duerma en su boca. Nacerán mariposas en mi lengua para aletear sobre sus dientes y permitirme conocer el sabor de su deseo.

Abandonarse es esto


Nos abandonamos en esa habitación de arañas escondidas,

esa habitación de cortinas decoloradas y luz enferma.

Recorrí tu espalda con mis dedos heridos,

quise que mis besos sonaran, para que no los olvidaras.

Fue nuestra última tarde,

el piano sollozó nuestra despedida,

al cerrar la puerta, también lo hice con mis ojos,

Porque el tiempo sin ti, no existe.

Me gusta escribir para ti,

adueñarme de tu alma, absorberla, atraparla en estas hojas ajadas.

Disfruto de tus labios bañados de nostalgia.

No quiero decirte adiós, adiós, adiós.

Noche


Fue frente a la iglesia cuando hablé contigo la última vez. Recuerdo las piedras, torcidamente alineadas, la fachada desgastada por el transcurso del tiempo, el campanario tristemente adornado con una campana grisácea. Estuve sentada sobre el escalón de la fuente que contenía los sedimentos del abandono. Te confesé con dolor indescriptible que ya nada podía ser como antes, que ya estabas atrás, en ese vagón tímido del recuerdo. Entonces lloré, sin que te dieses cuenta. No oíste ese dolor mío, ese que te hice mostrar tantas veces. ¿Quién lo diría? En esa plaza qué tantas veces habíamos recorrido cogidos de la mano, con esa esperanza cosida en los dedos, los tuyos, los míos. ¿Quién lo diría? Me dueles, te hiero, el amor nos duele, es así, siempre lo ha sido. En esta extraña noche me has dolido, como jamás lo había hecho una lágrima.